Descubrimientos
Chè

El chè forma parte de esos descubrimientos que empiezan con una primera impresión un poco extraña. Lo cruzamos por primera vez en Hanói, en un puesto callejero muy colorido lleno de cuencos alineados con toda clase de ingredientes raros amontonados unos junto a otros. Alubias rojas, perlas negras, gelatinas verdes fluorescentes, trocitos amarillos y translúcidos, todo servido con leche de coco. Digamos que visualmente, nuestra primera reacción fue más bien escéptica. No se parecía en nada a lo que solemos considerar un postre.
Pero teníamos ganas de probarlo, como siempre. Y al final, este descubrimiento resultó deliciosamente sorprendente.
El chè es en realidad toda una familia de postres tradicionales vietnamitas, más que una única receta. Cada versión tiene su nombre y su composición, pero todas siguen la misma lógica. Una mezcla de texturas y sabores montada en el momento de servir, habitualmente en un pequeño cuenco o un vaso grande, para saborear con una cuchara larga. Se pueden encontrar judías mungo, alubias rojas o negras, perlas de tapioca, gelatina de hierba, cubos de boniato o de taro violeta, trozos de yaca, maíz, fideos verdes de pandan y, por supuesto, la cremosa leche de coco. Existen versiones calientes y versiones frías con hielo picado, y se cuentan fácilmente decenas de variantes según la región y la temporada.
Lo que nos sorprendió primero fue esa explosión de texturas en un solo bocado. La cremosidad de la leche de coco, la suavidad de las alubias, el toque elástico de la tapioca, el frescor de las gelatinas, la ternura de las frutas. Cada cucharada cuenta algo distinto y uno se pasa el tiempo intentando adivinar qué está comiendo. El sabor en sí es suave, vegetal, nunca empalagoso, muy lejos del dulzor tan marcado de nuestros postres occidentales.
El chè ilustra bien esa manera tan vietnamita de tomar ingredientes sencillos y humildes y transformarlos en algo pensado hasta en el más mínimo detalle.


