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Unos días en El Nido, entre calma, reuniones y momentos suspendidos

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Unos días en El Nido, entre calma, reuniones y momentos suspendidos

Después de nuestro viaje en barco entre Coron y El Nido, decidimos regalarnos unos días más cómodos en El Nido. Cogimos un bonito hotel junto al mar, un poco alejado del centro (a 5-7 minutos en scooter), lo que nos permitió disfrutar de un entorno más tranquilo y al mismo tiempo estar cerca de la acción. La scooter también fue perfecta para explorar las playas de los alrededores.

Una de las cosas más llamativas de El Nido son también todos los reencuentros. A lo largo de la estancia conocemos a personas que conocimos durante el crucero, lo que crea una verdadera continuidad en el viaje. Y entre esos momentos, hubo una velada especialmente memorable con gran parte del grupo: karaoke completamente improvisado, baile y, sobre todo, muchas (demasiadas) copas. Un ambiente sencillo y espontáneo, donde todos estaban felices de reunirse por última vez.

En cuanto a actividades, tuvimos dos experiencias: la tirolesa de El Nido y el salto de isla en versión privada.

La tirolesa se encuentra entre dos islas, sobre el agua, con una vista increíble de la bahía. Una vez finalizado el descenso, hay que regresar al punto de inicio y cruzar el agua a pie para llegar a la playa principal, lo que hace que el final de la experiencia sea único y divertido.

De isla en isla, lo hicimos con dos mujeres holandesas que conocimos durante la expedición. Salimos temprano, antes que los barcos clásicos, con la idea clara de evitar las aglomeraciones y los circuitos turísticos habituales como los tours A, B, C o D.

Comenzamos con Big Lagoon, luego pasamos a otros lugares emblemáticos. Y en varios momentos estábamos casi solos, o incluso completamente solos en algunos lugares, lo que hizo que la experiencia fuera aún más impresionante. Salir temprano y salir de los horarios tradicionales nos permitió disfrutar de cada lugar en unas condiciones increíbles.

Y luego estaban los atardeceres. En El Nido tuvimos uno de esos atardeceres que al principio nos parecieron normales, sin grandes expectativas... y que se convirtió en uno de los más bonitos que jamás hayamos visto. El cielo cambió por completo en tan solo unos minutos, creando un final de día verdaderamente mágico.

Finalmente, un pequeño percance de la estancia: el dron acabó en el agua durante una puesta de sol, en un momento de descuido. Frustrante en su momento, pero bastante representativo del viaje también: momentos perfectos... y otros un poco menos controlados, pero que forman parte de la experiencia.